jueves, 21 de abril de 2011

Agujas

Son las 6  en punto. Bajo la mirada y te veo, ahí, verticalmente a mis pies.  Es uno de los peores momentos, porque es nuestro punto máximo de lejanía, donde te extraño tanto como a las tres y cuarto, nueve y cuarto o doce y media.  Encima el segundero no me facilita las cosas; me refriega en la cara que te encuentra a cada minuto. Quisiera poder imitarlo, pero no puedo. Soy más lento, y dependo de él. Aunque no puedo quejarme; a cada vuelta me da un pequeño empujoncito que me acerca más a vos. Y así avanzo, lento pero seguro, para encontrarte en alguna hora tuya y algún minuto mío.
Pero cuando lo logro, te pierdo rápido. El segundero es demasiado celoso e inquieto; sigue dando vueltas y empujoncitos a cada instante. Me (y Te) hice la promesa de  volver en todas las horas. También le hice prometer al segundero que seguiría su frenética actividad; demostró ser un amigo fiel, ya que nunca paró.
Son las seis y veinticinco, y un hombre que nos mira. Bosteza largo rato y desaparece. Cada tanto sucede; aparecen él, alguna mujer u otro hombre, y nos miran como buscando respuestas. No estoy muy seguro, pero creo que hay otros como nosotros…igual qué importa, si ya son las seis y veintinueve y en un minuto te veo. La espera impacienta, y desespero porque venga el segundero; nadie lo sabe más que yo, pero felices horas son las que te encuentro.

lunes, 7 de marzo de 2011

Los peces de Julio

Los monótonos somos así;  siempre lo mismo.  Casi siempre sabemos lo que va a ocurrir. No sólo sabemos, necesitamos que así sea. No es que seamos adivinos ni mucho menos pero, como siempre hacemos lo mismo, caemos en la indefectible repetición. Y la repetición nos da confianza. Obviamente, cambian el contexto, las situaciones, los actores, etc. pero nuestra actitud, acciones y, finalmente resultados, casi siempre son parejos. Digo casi siempre, porque nos movemos en un entorno animado y no todo depende de nosotros, por lo que a veces tenemos que cambiar de esquema por la influencia de terceros.  Porque, en realidad, ¿para qué cambiar?; sabemos cuánto de bueno y de malo nos pueda dar algo, y así nos conformamos.
Es decir, los monótonos somos repetitivos. Y conformistas. Y  aburridos… Imagínese que frustrante  hablar con una persona que todos los días de su vida hace lo mismo, variando sólo un poco el libreto según el contexto espacio-temporal. O según el clima, porque cuando hay un sol radiante ó simplemente no llueve, actuamos de una manera (obvio, la de siempre) y, en cambio, cuando caen dos gotas, nos revolucionamos, hacemos todo a las apuradas, caminamos pegaditos a la pared para no mojarnos por miedo a disolvernos, como si fuésemos de azúcar….Como sea, hay cosas que los monótonos mantenemos siempre firme, llueva, truene ó sea un día peronista; cambiamos muy lentamente de sentimientos, menos de amistades, un poco más de anclajes ideológicos pero nunca de amores y temores.
Pero eso sí; tenemos mucha imaginación. Imaginamos cosas increíbles, tan extraordinarias que nos dan miedo y no las hacemos. O tan pequeñas que no vale la pena romper con nuestro castillo por ellas. Y ahí volvemos a lo mismo. La rutina es nuestro bien preciado, y la espontaneidad, lo repentino, lo más parecido al demonio.
En los monótonos también encontramos algo muy chistoso, pero hipócrita: nunca van a aceptar su calidad como tal. Siempre van a poner excusas; qué estudio porque de algo hay que vivir, qué trabajo porque de algo hay que morir, que qué se yo…siempre evasivas. Sin embargo, a veces el milagro ocurre, y el monótono, rompe con su rutina, se siente libre, hace cosas nuevas…hasta que entra en otra monotonía. No se preocupen, a todos nos pasa; hasta los más díscolos en algún momento se apaciguan, porque están cansados de romper rutinas y construir otras, para luego volver a romperlas y así ad infinitum.
 Entonces, Cortázar tenía razón; somos peces que no queremos salir de la pecera, que ya no ponemos la nariz contra el vidrio. Es lógico, la rutina es cómoda. Y sí, somos monótonos.

domingo, 13 de febrero de 2011

TNT tiene razón.

Abro un ojo; luego, el otro. La luz que entra por ellos.
Miro; hay cosas que se mueven, otras que no, pero el tiempo corre aunque no haya viento, y eso ya es vida. En síntesis, hay acción.
Pienso un poco, y me doy cuenta de que mi cabeza es una gran cámara; casi siempre encendido, mi cerebro toma imágenes constantemente, atesorando algunas, desechando otras. A las que conserva, también las clasifica: unas en secuencias; otras, como fotos, como momentos que quedan clavados en la retina. Sí; mi cabeza funciona como una gran cámara, y mis ojos son los lentes.
Luz, cámara y acción. La vida como una película, donde cada día es una nueva toma sin rodar con un guión sin escribir. Si hay final y guión de antemano, mejor no me lo cuenten; quiero descubrirlo. Si hay otro personaje, quisiera que fueses vos.

sábado, 5 de febrero de 2011

¿Serás vengado?

Chuquisaca. Unos de los primeros gritos contra el maturrango; la piedra angular de la lucha americana que todavía no termina. Allí está el Doctor Monteagudo y su silogismo de Chuquisaca, en el imaginario diálogo entre Atahualpa y Fernando VII. Pero rápidamente llega la represión, la cárcel, la tortura, la muerte. Pero también el escape de algunos; como Monteagudo. Ahí encontró el cauce del río de su destino, que desembocaría mucho después.
De Chuquisaca al Alto Perú. Allí, la amarga derrota de Huaqui. Siempre Monteagudo. Va a Buenos Aires; apoya a Moreno y su implacable política contra el español. Inteligente como pocos, sabe que la guerra también se gana en las mentes; funda periódicos donde anuncia la necesidad de la independencia. Se hace masón, como San Martín y Alvear. Apoya a este último; cuando aquel cae, también cae él. La cárcel. Pero escapa. Siempre Monteagudo.
Europa. Luego, Mendoza. Se pone bajo las órdenes de San Martín y su ejército de los Andes. Independencia de Chile. Luego, campaña al Perú. Libre Perú también, aunque no del todo, y Monteagudo muy cerca de la gloria. Pero cambia; pasa de jacobino republicano a tibio, a querer una monarquía constitucional. No tenía malas intenciones; quería evitar la anarquía, y pensaba que las libertades políticas  debían obtenerse de apoco, para afianzar la independencia. Primero había que iluminar al pueblo; por eso la Escuela Normal y la Biblioteca Nacional. Creo que estaba un paso más adelante que el resto; sabía que la guerra contra el español era nada comparada a la que sobrevendría; la guerra entre hermanos, intestina, por el poder. Una lucha sin cuartel que desangraría a cualquier incipiente república; por eso había que afianzar, primero lo que se había logrado. Pero, algunos,  no lo entendieron; otros, aunque sí lo hicieron, aparentaron no hacerlo, y tantos otros, o los mismos, añoraban el colonialismo y se convirtieron en conspiradores, acusándolo de todo. Por eso la traición. Por eso el destierro obligado a Panamá, con amenaza de muerte si volvía.
Panamá. Allí demuestra que estaba, otra vez, un paso adelante del resto; expone su idea americanista de la independencia; había de dejar de lado los localismos, porque, primero que nada, somos americanos. Había que crear un Congreso americano, para sortear las dificultades y lograr la independencia absoluta de América.
Vuelve, junto a Bolívar, al Perú, para liberarlo completamente. Allí muestra toda su agudeza cuando realiza su ensayo sobre la necesidad de la federación de países americanos. Bolívar luego adopta su idea, y no al revés. Pero le llegó la muerte. El río llegó a su cauce.
Bolívar, frente al pétreo cadáver grita: “Monteagudo, ¡serás vengado!”. La investigación confirma que la mano y el puñal eran del negro Espinosa, pero el que dio la orden, el autor intelectual, nunca se supo a ciencia cierta. El traidor de Sánchez-Carrión tiene todos los números; había escrito que, si Monteagudo volvía, era patria clavarle un puñal en el corazón. Pero nunca se pudo comprobar que fuera él creador del plan; como sea, murió envenenado. Bolívar creyó que esto iba más allá, hacia los espías de la absolutista Santa Alianza, que miraban con horror, espanto y, porque no, como profecía de lo que pronto les caería a ellos todos los sucesos revolucionarios de América, el despertar de los pueblos. Por eso había que matar a los cabecillas, sobre todo a ese Monteagudo que quería unir a la América. Y lo hicieron.
Muerto Monteagudo, fracasa el Congreso de Panamá. Fracasa la América Unida. Comienza la eterna inestabilidad americana; las interminables luchas intestinas hacen su triste aparición;  independencia política pero, a su vez, la más servil dependencia económica hacia Europa, que aún hoy persiste, aunque disfrazada.
Latinoamérica unida, libre y totalmente independiente…Monteagudo, ¿serás vengado?

martes, 1 de febrero de 2011

Pasó.

Tic-Tac
Tic-Tac
¿Hace cuánto no te veo?
¿Hace cuánto que no beso los labios del amor encarnados en los tuyos?

Tic-Tac
Tic-Tac
Demasiado tiempo, mucho, muchísimo.
¿Tanto así?

El segundero ya se hizo monótono; las vueltas de las agujas son costumbre.
Pasó mucho tiempo...
Las vueltas se hicieron incontables; Cronos se ha hecho un festín.
Sólo te veo en sueños...al menos.

viernes, 14 de enero de 2011

Señor.

Nadie pensó que lo haría. Sin embargo, sabemos que finalmente lo hizo. Sabemos también cómo y dónde. Fue en el Palacio, y con una afilada arma blanca.

Se escabulló dentro del Palacio luego del primer cambio de guardia; lo hizo como el destello de luna en una noche de invierno; pálido, frío, pero cargado de una energía inexplicable. Puedo imaginar el fulgor de sus ojos, llenos de ira, codicia y, porque no, miedo; quién podía decir a ciencia cierta cuál sería la reacción del pueblo ante la noticia de la muerte de su Rey. Pero yo sé que él avanzó con decisión; me lo imagino caminando por los pasillos helados y desiertos, empuñando el arma asesina y tratando de no ser oído por nadie, ni siquiera por él. Aunque nunca me lo han contado, yo sé cómo sucedieron los hechos; entró en el Palacio durante la confusión del cambio de guardia, avanzó con el mayor sigilo posible por los pasillos, mató a algún que otro guardia sólo para probar el filo de su arma y finalmente ingresó al cuarto real. Allí estaba el Rey, dormido en su cama, seguro de sí mismo y de su poder. Imagino, también, los últimos minutos de vida del monarca. Lo veo abriendo los ojos y lanzando un grito de dolor; su sueño había sido interrumpido por una inexplicable sensación de frío en la boca del estómago, la cual ahora se convertía en un ardor insoportable. Cuando pudo enfocar sus ojos, vio el puñal, una mano y sangre; allí se percató de que estaba siendo asesinado. Fue lo último que vio y pensó, antes de sentir el cuchillo dando vueltas dentro de su carne, aumentando el sangrado y condenando para siempre a la cauterización.

Al amanecer, todo el pueblo se movilizaba frente a la plaza. El Rey, el Señor, había sido asesinado. Él, quien velaba por nosotros, quien gobernaba por nuestro bienestar, había sido asesinado en manos de un advenedizo codicioso; había que vengar su muerte. Todo el pueblo marchaba hacia el Palacio, con puños en alto y gritos en todas las gargantas. Los alrededores de la residencia eran un verdadero hervidero; estaba seguro que sólo faltaba esa pequeña chispa, esa insignificante acción para que se desataran los sucesos más violentos y descontrolados. Si esto todavía no había sucedido era por la amenazante figura de la renovada Guardia Real en las puertas y accesos.
Los gritos contra su persona eran de lo más variados y sensibles; recuerdo algunos que parecieron tener una sincronización perfecta. Un hombre gritó: “¡Fratricidio!, porque él era como un hermano para todos”; a lo cual un joven respondió: “¡No!, ¡Parricidio!, porque él realmente era como un padre para el pueblo”; frente a lo cual, una mujer exclamó: “¡Asesino!, porque antes que nada, era un ser humano maravilloso”. 
Me sorprendí. Nunca creí que el Rey fuera popular pero ahora lo estoy seguro de que estaba en lo correcto; sólo habíamos caído en la repetición, mirando el pasado con añoranza, rescatando lo bueno y olvidando lo malo. Miramos las cebollas de Egipto, pero negamos al látigo. Por eso el pasado se repite, por eso estamos condenados a cometer los mismos errores. Pero no todo es pernicioso en tal ejercicio; por eso también perdonamos y olvidamos. Tal vez, también,  por todo aquello, hoy al asesino lo llamamos Señor.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Tierra Punzó.

El cuadrilátero en el medio, con vallas de madera como contención; las gradas a los cuatro costados, dando la sensación, desde el techo, que se trataba de un enorme embudo, un esqueleto gigante, que en cada pelea, bullía como la boca del infierno. Otrora escenario de pelea de gallos, ahora servía como ring de boxeo callejero. Decir boxeo callejero es decir pelea limpia con las manos, sin armas de ningún tipo, pero sin reglas, con la única excepción de la norma aceptada por todos; gana el que queda en pie. El otro, el perdedor, casi que queda condenado a la muerte porque el hecho de perder lo invalida como merecedor de atención de algún tipo. Sí, la misma norma para las peleas de gallo se aplica al combate entre hombres. Tiene su lógica; somos tanto o más animales que aquellos, sin importar que racionalicemos nuestras acciones o nuestros deseos. El olor a sangre y la expectativa de muerte activan los más rústicos e inexpresables sentimientos; nuestra animalidad dormida despierta con más hambre que nunca ante la posibilidad de la satisfacción. ¿De qué otra manera explicar el bullicio en este enorme embudo de madera?
El ambiente, caldeado por alguna que otra apuesta sin pagar, explotaba. No era para menos; el campeón, el hombre más temido de esos pagos, se enfrentaba con un mocoso advenedizo, largo de lengua y con poca experiencia probada en las manos. La sangre estaba asegurada; en las gradas no entraba ni un alfiler. Al compás de cientos de manos que sostenían entre los dedos billetes de varios colores, las apuestas crecían a favor del veterano campeón; es más, ahora se apostaba no quien ganara, sino en cuánto lo haría. Al fin, ambos contrincantes entraron en el ring. El piso, de arena y tierra, rojizo de sangres anteriores, era toda una premonición; entrar en ese cuadrilátero era como ponerse una moneda de oro en el ojo para que el barquero nos lleve al otro lado, dándole la otra a nuestro oponente y pidiéndole que intente, a los golpes, ponerla en el otro ojo, y así asegurarnos nuestro viaje de este mundo.
La pelea fue obvia pero inesperada. El campeón, lo más cercano al terror hecho hombre, había caído en manos de un pendejo que ni siquiera se sabía a ciencia cierta si alguna otra vez había peleado. Golpes francos en toda la cabeza, con exactitud y fuerza formidable habían sido demasiado para el depuesto rey. Caído en la arena, con la nariz rota y la boca llena de sangre, fue arrastrado hacía el fondo del embudo de madera y tirado allí, abandonado a su suerte. El mocoso, nuevo campeón, era ahora mirado con ojos de miedo y respeto; se daba comienzo así a un  reinado que quién sabe cuánto durará pero que de seguro ya tiene fecha de vencimiento. Eso es inexorable; el llegar no es más que un pretexto para partir. La continuidad está asegurada. Muerto el rey, Viva el rey.